MUESTRA INDIVIDUAL AÑO 2000
SALA 10 - CENTRO CULTURAL RECOLETA
     
  LUZ DE CERA  
     
Esta muestra está concebida como una instalación de dos grupos de obras que tienen entre sí una fuerte relación, no sólo por el material y la técnica de ejecución utilizada (cera, tela, junco, yeso), sino también por la imagen, la temática y la reflexión que intentan provocar.

La cera es un material asociado al simulacro (las figuras de los museos de cera “parecen vivas”), el símil, la frialdad casi mortuoria que produce una fuerte inquietud en oposición a la calidez y el perfume que destila, un material difícil de clasificar, que pasa por distintos estados físicos, un territorio extraño entre la vida y la muerte, lo orgánico y lo inorgánico. Un material que reacciona al calor de la mano, sumamente maleable, que apela a la magia, a la alquimia.

También los juncos son flexibles y resistentes a la vez, y crecen en un espacio indefinido, entre la tierra firme y la corriente del río.

Si bien hay mucha materia en estas obras, el cuerpo está casi ausente, borroso, diluído en sus sensaciones de soledad, fragilidad o estadíos de pasaje e indefinición , como la enfermedad, el sueño, la vejez, la locura, porque nuestra sociedad entrena su mirada para que los fenómenos sean objetivables, concretos, definibles y margina lo inclasificable o transitorio.

Nuestro cuerpo, que es materia transitoria por excelencia, escapa tantas veces a ese recorte de la ciencia, a los comportamientos reconocidos, predecibles, intentando mostrarse bajo otra luminosidad, bajo otra forma, pidiendo otra mirada que lo descubra.

Necesidad de cobijo, de amparo, de caricia, de nombre, para la duda, el dolor, el cambio, la diferencia. Búsqueda de rincones blandos, íntimos, para reencontrar el cuerpo, los sueños, la palabra y volver a comunicarse.

 
 
Anabela D’Alessandro, Buenos Aires, Mayo de 2000.
 
   
“...¿no han experimentado nunca, al entrar en alguna de esas salas, la impresión de que la claridad que flota, difusa, por la estancia no es una claridad cualquiera sino que posee una cualidad rara, una densidad particular? ¿Nunca han experimentado esa especie de aprensión que se siente ante la eternidad, como si al permanecer en ese espacio perdieras la noción del tiempo, como si los años pasaran sin darte cuenta, hasta el punto de creer que cuando salgas te habrás convertido de repente en un viejo canoso?”
“Era de una delgadez infinita, incorpórea, un armazón de huesos y piel. Los ojos grandes y tiernos, rodeados de profundas ojeras, miraban siempre al vacío sin parecer enterarse de lo que le rodeaba, y pude comprobar que aún poniéndome delante de él seguía andando como si nada obstruyera su camino, como si estuviera despejado el espacio (...)
¿En qué irá pensando? Continué diciéndome para mis adentros. ¿Qué revolverá en su cabeza? ¿Pensará siquiera en algo?”

DETALLE DE LAS ALMOHADAS QUE FORMAN LA INSTALACION
 
ALMOHADAS REALIZADAS EN YESO Y CERA
ALMOHADAS QUE INCLUYEN TALLA EN PIEDRA
   
Anabela D’Alessandro por Laura Feinsilber

La almohada es un elemento cotidiano presente en todas las manifestaciones artísticas desde la antigüedad. Por ejemplo, en el gótico, en las narraciones de nacimientos en piedra y en las famosas catedrales donde yacen reyes y obispos, la Virgen amamantando al Niño Jesús sobre cojines o la Venus de Urbino en el Renacimiento.
En el tenebrismo de Ribera, en el erotismo de Fragonard o en las pinturas galantes con exceso de ropajes, la lánguida figura en un contexto oriental de La Odaliscacon su Esclava de Ingres, por no dejar de mencionar a la goyesca Maja Desnuda o la Olimpia de Manet.
Dando un gran salto a la contemporaneidad aparece en las blandas obras bordadas que ensalzan el kitsch o en los dramáticos contenidos conceptuales con la sigla HIV.
En la reciente exposición en Buenos Aires del mejicano Francisco Toledo, éste ubica su fantasía erótico-zoológica en almohadas inspiradas en aquellas que se encuentran en el reverso de un autorretrato de Alberto Durero después de un sueño apocalítico que el artista alemán tuviera a los cincuenta y cuatro años.
Para esta convocatoria elegí las almohadas de Anabela D’Alessandro, joven artista de formación escultórica, cuya obra vi por primera vez en una inquietante y provocativa muestra el año pasado.
Están realizadas en cera, material alquímico, maleable, que como señala la artista, pasa por distintos estados físicos en un territorio extraño entre la vida y la muerte, lo orgánico y lo inorgánico.
A diferencia de las obras del pasado en las que constituyen un elemento más de la narración, sentí que las había convertido en protagonistas de un hecho artístico que invita, entre otras lecturas, a la reflexión.
Arrugadas, con los pliegues que dejan su marca al despertarnos, son depositarias de sueños, pesadillas, angustias, goces.
En ellas y por varias horas, se pierde la noción tangible de nuestro cuerpo para llegar a ese otro mundo que la conciencia alcanza.
En su obra, en la que el tiempo está anulado, el cuerpo no está ausente. Sólo le basta representarlo por dos órganos vitales, el cerebro y el corazón, en un contraste matérico escalofriante: la piedra.
En esta extraña conjunción de los materiales, frío-caliente, maleabilidad-dureza, la separación en el espacio de dos órganos que jamás pueden separarse del espacio real, reside la intensidad de la idea que sustenta una obra de gestación.
Como Alicia en El País de las Maravillas, el poder de la imaginación es infinito. El cerebro fundido en la almohada se une a lo simbólico, ella es el centro de meditación, puedo hablarle, puede contener mis sueños.
Y en esta unidad total en la que el pensamiento pasa por la mente, los sufíes nos dicen que la paz la da el corazón que es el centro del ser.

 
     
 
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